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jueves, 18 de marzo de 2010

El lesbianismo en Venezuela es asunto de pocas páginas: Literatura, nación, feminismo y modernidad

Con el ensayo que a continuación publicamos Gisela Kozak Rovero obtuvo el premio Sylvia Molloy y Carlos Monsiváis, otorgado por la Sección de Estudios de sexualidad de la Asociación de Estudios Latinoamericanos, a los mejores artículos académicos publicados en revistas revisadas por pares durante el período 2007-2008.

Texto copiado de ProDaVinci.



Sí, el lesbianismo en Venezuela es asunto de pocas páginas, como en todas las sociedades patriarcales de diversas épocas y latitudes, como en todas las literaturas, como en las más diversas disciplinas de las llamadas vagamente ciencias sociales y humanidades. Es parte del argumento de pocas novelas y cuentos en la narrativa venezolana, entregada hasta el día de hoy a los temas de la nación y de la violencia en una medida sólo comparable en términos continentales a las obsesiones por la construcción de la patria propias del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX; marca su escasa presencia en la poesía que aunque ha enarbolado sus derechos libertarios frente al corsé de la nación, tampoco le ha dedicado mayores espacios. El lesbianismo en Venezuela no tiene existencia ciudadana porque a pesar de los innegables logros de carácter político, social, económico y cultural obtenidos en el siglo XX, se ha permitido la exclusión de importantes sectores de la población. Esta exclusión ha dado pie, como dice el sociólogo y analista político Tulio Hernández, a “una cultura de la contramodernidad y un sentimiento redentor y jacobino para el cual la institucionalidad democrática es secundaria al lado de la justicia” (pág. 31); y sin institucionalidad los derechos de las minorías se hacen agua, así cierta izquierda radical pregone lo contrario (1).

El lesbianismo en Venezuela es conflicto de escaso proselitismo y organización, pues apenas en los últimos cinco años puede hablarse en mi país de organizaciones dedicadas exclusivamente a la mujer lesbiana. Y de nuevo, el lesbianismo en Venezuela es asunto de pocas páginas. ¿Cuál criterio me sirvió de orientación para incluirlas en este artículo? Tomando en cuenta que son tan pocas, obvié el rigor crítico que me emplazaba a definir los cauces particulares de una “literatura lesbiana” (Torras) para coincidir sin más con la definición de Elena Martínez (pág. 3-4): el término lesbiana se refiere aquí a la representación de la atracción sexual, erótica y amorosa entre mujeres. Tampoco discutiré lo que significa la noción misma de “mujer” y “lesbiana” como identidades y formas de agencia política (Butler; Scott; Torras; Lauretis). Mi ejercicio crítico sólo aspira a identificar y delinear con trazo muy grueso las sutiles, abiertas, secretas relaciones entre lesbianismo, literatura, nación, feminismo y modernidad en Venezuela.

Lesbianas sin nación, relato e izquierda

Venezuela en el siglo XIX compartió una sangre común con las otras naciones de Hispanoamérica en cuanto a la obsesión por la construcción de la nación. Entre nosotros también impactó la idea de que la sexualidad, el matrimonio y la procreación formaban parte integral de los dominios y objetivos mismos del estado pues se trataba del sagrado mandato de formar con acierto a los ciudadanos. Las “sexualidades desviadas”, verbigracia el lesbianismo, debían ser temas secretos apenas atendidos por el discurso médico, visión que de algún modo persiste en la gran mayoría de la población venezolana. (Molloy y Mackee Irwin xi-xiii; Silva Beauregard 153-158; 173-180). Pero, desafortunadamente, la modernidad venezolana no echó raíces en la otrora pujante civilidad de tantas mentes lúcidas –unas cuantas de ellas femeninas- y de tantos logros políticos y sociales de nuestro siglo XX (Caballero; Codetta; VVAA Historia…), sino en los “petrodólares”, en delirios faraónicos de modernización, en radicalismos de pasillo universitario, en hazañas de cuartel, en exclusiones sin fin, para terminar en el mismo pozo rocoso, militarista y patriarcal en el que comenzaron nuestros tiempos republicanos y en el que transcurrió nuestra historia hasta bien entrado el siglo XX. Esta situación ha permitido que la obsesión por la construcción de la nación -hermanada con el militarismo y la violencia- esté viva hasta hoy, como manifestación de la ya muchas veces comentada persistencia del espíritu decimonónico en la vida venezolana más allá de su modernidad amasada con petróleo. Con esta savia patriotera e insurreccional, con la persistente idea de fundar la república una y otra vez como si no hubiese nada que conservar, con una visión de la nación como hija de la hazaña del varonil procerato decimonónico conducido por el Zeus de nuestro Olimpo, Simón Bolívar, se han alimentado caudillos militares del siglo XIX y XX, demócratas del XX, guerrilleros marxistas (2) y el actual gobierno revolucionario, conducido por el caudillo-presidente Hugo Chávez Frías. Las minorías sexuales y la mujer en general sufren el peso simbólico y político de esta visión acendradamente falocrática de la nación y de la vida social.

Obras claves del canon literario venezolano han debatido en su seno estas pasiones por lo visto inmanejables lo cual atestigua su enorme importancia histórica y cultural (3). La nación y la violencia han sido, pues, protagónicas en la narrativa venezolana. Respecto al papel de la primera en la literatura venezolana, comenta Juan Liscano:

La literatura narrativa venezolana, cuya cuentística precedente de las escenas típicas, las estampas y bocetos de los costumbristas fue cultivada intensamente desde fines del siglo XIX, puede ser definida como el producto de una relación atormentada pero firme, nunca rota, entre la realidad social, histórica, geográfica y la realidad de la ficción. Con rarísimas excepciones…nunca se desligó de esa dependencia al parecer hereditaria. (…) nuestra literatura narrativa se mantiene apegada a lo terrestre -urbano o rural-, a lo anecdótico, a lo conformado por la sociedad, a lo vivido, a lo testimonial. Si bien se han producido, con el correr de los años, algunas audacias sintácticas, lingüísticas, estilísticas; si bien se pasó de la toma de conciencia de la realidad exterior a la de la realidad interior, al monólogo, a la introspección, a la recurrencia de la memoria, a la vigilancia de la actividad psíquica, a la aceptación de los imperativos sexuales y eróticos, de los fantasmas acosadores o compensatorios, a lo onírico…; si bien se enriquecieron los recursos y los procedimientos mediante el trato con los novelistas del llamado “boom” y los experimentos de última hora; lo determinante en nuestra literatura narrativa sigue siendo su lealtad a la realidad, la continuidad de su crecimiento en una misma dirección, lo retenido de su poder de fabulación y de explosión (pág. 30-31).

En relación con la violencia, Julio Miranda, el fallecido crítico y escritor cubano radicado en Venezuela, comentaba irónicamente refiriéndose a la narrativa de los jóvenes que empezaron a publicar en la década del noventa del siglo pasado que “La literatura de los nuevos no ha sido ´pacificada´: continúa, pero a su manera, aquella ´narrativa de la violencia´ que atraviesa el siglo, y que podríamos hacer arrancar incluso del XIX, si pensamos en Venezuela heroica (1881) y Zárate (1882), ambas de Eduardo Blanco (…)” (Miranda 40). Y no sólo la literatura atestigua esta situación; en la historiografía venezolana -hasta hace veinte o treinta años- las mentalidades, organizaciones sociales, creatividad intelectual, cultura, ejercicio de la ciudadanía, vida privada, diferencia y divergencia sociocultural, género, sexualidad, etc., ocuparon un mínimo espacio frente a los liderazgos políticos y militares, los conflictos armados o no, la economía y la construcción del estado (Torres “La memoria…” 15) (Quintero pág. 78). La milicia y el ejercicio del gobierno –relacionados con el “sentimiento redentor y jacobino” del que habla Hernández citado en el apartado anterior- son, pues, grandes protagonistas del imaginario histórico y cultural venezolano, en detrimento de la vida civil en su más amplio sentido

La visión de la sociedad venezolana como sujeto de redención a cualquier precio ha tenido en la pobreza su mejor caldo de conservación y ha prolongado la idea decimonónica del “macho” heterosexual como protagonista de la historia patria, idea que siempre ha conmovido el corazón de unos cuantos intelectuales venezolanos. El fallecido intelectual y narrador comunista Orlando Araujo justificó y aplaudió esta tendencia venezolana a la incivilidad militante al afirmar en su muy leído libro Narrativa venezolana contemporánea que “Venezuela es una historia de revoluciones frustradas en la búsqueda de su liberación verdadera…Sigo sosteniendo esa idea, y la otra fundamental, la de que la violencia es inevitable a la hora de construir un nuevo modelo de sociedad…” (pág. 252-253). Obviamente, las minorías sexuales no tenemos nada que buscar en tanto miembros de la patria, pues, recordando a Hannah Arendt (pág. 223), la violencia destruye el poder pero no lo sustituye y los más débiles quedamos sin derechos ni visibilidad. Hay que recordar, además, que Venezuela es un país con una fuerte tradición igualitarista que no igualitaria (4) y con innegables tendencias populistas. Nuestro igualitarismo calla las diferencias en pro de la ilusión de una sociedad en la que éstas son irrelevantes o forman parte de una vida privada que no hay que revelar en el espacio público. El populismo se asienta en la certeza de que los ciudadanos no son más que una masa a redimir y el estado el Mesías que salvará la patria. No es casualidad entonces que la revolución bolivariana haya insuflado nuevos bríos y restaurado en todo su esplendor de Leviatán criollo al estado populista, hipertrofiado y -como indica el ensayista Miguel Ángel Campos (pág. 9)-, protagonista solitario y absoluto de la vida nacional contemporánea:

(…) Parece que en Venezuela sólo tuviéramos la historia efectiva del poder, y éste reducido a la gestión del Estado. Lo curioso es que este Estado magnificado por los historiadores aparece en su más pura condición de ente aéreo, superpuesto a una ficción llamada pueblo. Él es la todopoderosa y casi única institución: hasta hoy, domina la dinámica de la sociedad constituida por acumulación. Salva o aniquila los haberes comunitarios, traza las fronteras y dispone el inicio de los planes de reacomodo de la vida pública y privada.

Y la existencia de este estado explica que multitud de demandas, expectativas sociales, inquietudes y divergencias son acalladas en pro de un consenso alrededor de que el principal problema por resolver es la pobreza a través del reparto abundoso de la renta petrolera. Pensar en los derechos de las minorías sexuales podría parecer hasta una frivolidad frente a los horrores de la miseria, hábilmente explotados por los gobiernos populistas venezolanos. Y estas minorías tampoco tuvieron eco, como en el caso de México desde los años ochenta, en los partidos de izquierda venezolanos. La izquierda partidista vernácula –con la excepción del Movimiento al Socialismo (MAS) en los años setenta- ha tenido siempre simpatías militaristas –conscientes o inconscientes- y estaba en agonía desde el punto de vista ideológico y organizativo hasta la llegada de Hugo Chávez. Por lo tanto, es una heredera anacrónica de aquella izquierda patriarcal y lesbofóbica (5) de los sesenta y poco tiene que ver con la reivindicación que los partidos de otros países han hecho de la causa de las minorías sexuales, como es el caso del centroizquierdista Partido Socialista Obrero Español.

Lesbianas sin nación, lesbianas sin relato, lesbianas sin izquierda… Pero, ¿y el feminismo?

Feminismo sin lesbianas

A diferencia de tantos otros países, en Venezuela la participación de las lesbianas en el movimiento feminista empieza apenas en los últimos años. ¿Discriminación de las feministas hacia las lesbianas? ¿Autoexclusión de las lesbianas del movimiento feminista? En todo caso, el feminismo venezolano –cuyos logros son extraordinarios e innegables- hasta hace pocos años no se ocupó de la discriminación de la mujer por orientación sexual. Es posible que pesara el hecho de que muchas de las militantes formaron parte de partidos políticos -de cualquier orientación ideológica- cuyo objetivo, simple y llanamente, era la conquista del poder con vistas a la transformación y salvación de la nación. En otros países como México, Estados Unidos o España, el feminismo desarrolló una serie de organizaciones independientes de los partidos políticos, lo cual facilitó la entrada de las lesbianas en ellas como militantes y también como fundadoras y organizadoras.

El feminismo venezolano ha tenido un toque puritano quizás porque ha sido preferentemente reformista, como afirma la crítica Márgara Russotto respecto al feminismo latinoamericano (pág. 23-42). Su búsqueda de consenso y su dependencia de sindicatos y partidos políticos no le permitía, probablemente, tocar bastiones inexpugnables tan caros al machismo vernáculo como son la heterosexualidad y la maternidad, con la consecuencia de que se ha discriminado por orientación sexual a las lesbianas (Espina pág. 93). En otras palabras, una de las mayores fortalezas del feminismo venezolano ha sido ganar numerosas batallas legales, desde el voto femenino en 1945 hasta los artículos referidos a la igualdad de género en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela (1999), y es una historia que lo honra en la medida en que ha sido el fruto de generaciones enteras de mujeres dedicadas a las luchas sociales con perseverancia e inteligencia admirables (véase al respecto Castillo, Salvatierra; Codetta; Vera). Pero estas batallas han tenido el costo del reformismo y el consenso: las demandas de sectores minoritarios y débiles como las lesbianas quedaban fuera.

Por fortuna, el feminismo venezolano ha cambiado, entre otras cosas porque muchas de sus integrantes se han dedicado a la academia y a las organizaciones no gubernamentales en vista de la decadencia de los partidos políticos desde la década de los ochenta. De hecho, feministas como éstas fueron las que propusieron la no discriminación de la mujer por orientación sexual ante la Asamblea Constituyente de 1999, asunto del que hablaré más adelante. Pero, en todo caso, el activismo específicamente lesbiano en Venezuela se reduce a pocos nombres: el colectivo Amazonas de Venezuela y el Colectivo Feminista Josefa Camejo, el primero independiente y el segundo de orientación progubernamental. Unión Afirmativa contó con activistas lesbianas pero se define por una orientación más amplia de defensa de los derechos de homosexuales, lesbianas, bisexuales y transgéneros. El grupo Contranatura, colectivo de estudios “queer” constituido fundamentalmente por profesores (as) y estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, tiene lesbianas entre sus integrantes. La Fundación Reflejos de Venezuela también pero se define como una organización defensora de los derechos humanos de un modo general. En cuanto a escritoras y académicas, lamentablemente tengo que confesar que la única que ha hecho militancia por los derechos de las lesbianas es quien suscribe estas líneas (me alegraría mucho que alguien me corrigiera y me indicara que estoy equivocada); no obstante, una feminista no lesbiana como Gioconda Espina ha escrito sobre el lesbianismo desde una perspectiva psicoanalítica y se han podido introducir cursos sobre el tema en distintas universidades. En todo caso, el activismo feminista específicamente lesbiano se reduce a pocas militantes -Jany Campos, Denis Orellana, Gabrielle Guerón, Marianela Tovar, Diana Cordero (argentina radicada en Venezuela), Gladis Parentelli (uruguaya radicada en Venezuela), Elena Hernáiz y Ana Margarita Rojas- cuya actividad se ha hecho evidente sobre todo en los últimos años.

Aunque es innegable que en Venezuela desde 1998 ha habido una movilización social sin precedentes cercanos que ha permitido un mayor espacio para las reivindicaciones de las minorías sexuales, las aspiraciones de éstas desde el punto de vista jurídico y de representatividad política chocan con el carácter populista de la revolución bolivariana, basada en una agenda de “grandes y urgentísimos problemas patrios”, los cuales se enarbolan con un lenguaje guerrero y dramático. “Asuntillos” como el aborto o la homosexualidad y el lesbianismo, pueden dejarse perfectamente –y como siempre- para después. En el movimiento bolivariano el lesbianismo no existe como tema político y la homosexualidad suele mencionarse como una forma de insultar al adversario, en lo cual los bolivarianos se hermanan con los hombres de la oposición. Una vez más, el estatismo brutal venezolano hace de la nación “el tema” por excelencia, con exclusión de la diversidad y pluralidad de los nacionales. De nuevo, y como siempre, los sectores minoritarios que no caben en la idea de pueblo pobre pero decente y heroico, hacen un papel menguado en la vorágine populista. Las agrupaciones defensoras de los derechos de homosexuales, lesbianas, transgéneros y bisexuales que intentan ejercer su actividad desde su apoyo al gobierno bolivariano han sido objeto de dilaciones, falsa comprensión, oídos sordos, uno que otro viajecito a algún foro internacional, una que otra participación en un foro nacional y un rechazo disfrazado de indiferencia. Así, la Asamblea Constituyente de 1999, compuesta en más de un 95% por partidarios de la revolución bolivariana, se negó en redondo a incluir la no discriminación por orientación sexual en la Constitución y tronchó cualquier posibilidad de legalización de las uniones homosexuales o lesbianas, a pesar de haber sido propuestas como parte de los derechos sexuales y reproductivos por una amplia gama de grupos de mujeres (García, Jiménez pág. 101-119) (Muñoz) y por colectivos como LAMBDA de Venezuela o Entendido, defensores de los derechos de las minorías sexuales (6).

Vista esta situación suena contradictorio que Juan Barreto, Alcalde Metropolitano de Caracas, haya respaldado el nada exitoso I Festival Socio-cultural Gay (diciembre 2005). Igualmente, las primeras marchas del Orgullo GLBT venezolano, el I Congreso sobre Diversidad Sexual (Ateneo de Caracas, 2001) y las I y II Jornadas sobre Diversidad Sexual (Universidad Central de Venezuela, 2002, 2004) se han realizado con participación de oficialistas y opositores, por lo que se podría pensar que este gobierno es permeable a la causa de las minorías sexuales a pesar de su ya mencionado rechazo y omisión en la Asamblea Constituyente de 1999. Explicaré la situación: en primer lugar, entre los partidarios(as) de la revolución hay feministas y luchadores(as) por los derechos humanos de todos los colores y tendencias, unidos por el liderazgo de Hugo Chávez. La política con respecto a las minorías sexuales ha sido dejarlas hacer, pero, si se me permite el juego de palabras, sin hacerles mayor caso. En segundo lugar, este gobierno, autoproclamado como “socialista del siglo XXI”, cuida las formas desde el punto de vista internacional (a pesar de su amistad con Corea, Irán, Libia y Cuba, países nada fáciles para las minorías sexuales) y no desea para sí, por ejemplo, la detestable trayectoria cubana en derechos humanos respecto a homosexuales, lesbianas y transgéneros. En este sentido, las reivindicaciones de las minorías sexuales no constituyen una causa simplemente venezolana y es necesario para el gobierno revolucionario no desafiar las corrientes mundiales en derechos humanos:

…en estos tiempos de globalización, las políticas de ciudadanía y sociedad civil se relacionan con procesos sociales transnacionales. Es decir, procesos en los cuales no sólo participan actores sociales cuyas prácticas se desarrollan en el marco de sociedades nacionales e incluso locales, sino además actores cuyas prácticas, de maneras diversas, se desarrollan a través de las fronteras de los Estados nacionales (en cursivas en el original) (Mato pág. 11).

El lesbianismo en Venezuela es asunto de pocas páginas

En la literatura venezolana la aparición del lesbianismo ha sido sesgada y encubierta, y todavía hoy su presencia es minoritaria en relación a otras literaturas del continente, más allá de unos pocos nombres. Que unas cuantas autoras sean lesbianas es irrelevante. La idea de que el escritor(a) está por encima del bien y del mal tiene un número sorprendente de seguidores(as) tomando en cuenta la época en que vivimos y el impacto en la intelectualidad venezolana de las diversas corrientes postestructuralistas (Jacques Derrida, Gilles Deleuze y Michel Foucault, fundamentalmente, pero también Jacques Lacan y Judit Butler). Además, el tema no es propicio para lograr un gran público; Venezuela es un país de relativamente pocos lectores(as) y la proyección internacional de la actividad intelectual y literaria es ínfima tomando en consideración su alta calidad en unos cuantos casos. En otras palabras, hay un público pequeñísimo en el país y casi inexistente fuera: muy pocas escritoras se atreven a hablar sobre el lesbianismo. Pero más allá de las decisiones individuales y políticas en torno a revelarse públicamente o no como lesbiana, las influencias intelectuales o la escasez de lectores(as), el campo intelectual venezolano posee características que ayudan a entender la muy tenue presencia del lesbianismo en nuestra literatura. En el año 2004 tuve la oportunidad de entrevistar a la novelista venezolana Ana Teresa Torres, quien describió la situación de este modo:

El rol de los intelectuales tiene que redefinirse, además, porque la gama de intereses sociales se ha multiplicado; el único problema no es la nación pues también existen conflictos que responden a determinados sectores o temas como el de la mujer. El caso de las mujeres intelectuales muestra resistencia a esta definición porque su voz todavía es escuchada de modo marginal, sin tener los efectos que podría tener la de un hombre, pero, en mi caso, no dejo de manifestarme por eso. Evito, eso sí, la confrontación directa…Pero no todas las intelectuales actúan de igual modo porque los venezolanos(as) –individualistas, anárquicos- somos poco proclives a la cooperación y solidaridad con intereses sectoriales. Aunque es cierto que ha habido participación política por parte de escritores y creadores en el contexto de la polarización actual [se refiere a la revolución bolivariana], persiste la actitud de huir de las causas sectoriales…Cada uno es genial y no necesita unirse con otro para nada. Este narcisismo impide que abandonemos nuestra identificación como “escritor(a)” o “intelectual” para solidarizarnos como personas con determinadas luchas, sobre todo algunas tan sensibles como el feminismo o las minorías sexuales (las cursivas son mías) (Kozak 35).

Coincido con Torres en esta descripción, pero sin olvidar que el “contra-canon” de la obsesión de la narrativa venezolana por la nación y la violencia a lo largo del siglo XX han sido la narrativa escrita por mujeres (y por algunos hombres) y la poesía, independientemente de que se trate de hombres o mujeres poetas. Refiriéndose a las escritoras que publicaron sus textos entre 1935 y 1958, Ana Teresa Torres y Yolanda Pantin comentan:

Cuando estas escritoras, como antes la poeta María Calcaño, asumen el riesgo de introducir los temas del deseo sexual, la amargura y el tedio del desamor, la soledad, la anulación del deseo femenino bajo la rutina del matrimonio y el sostenimiento de los ritos ancestrales como obligación existencial, están no sólo hablando desde una “zona bárbara”, contraria a la retórica nacionalista, sino exponiendo un problema, sin duda, político…Comienzan estas voces a erosionar la solidez del discurso público como escenario de las altas verdades históricas o gloriosas que desestiman la vida privada como si fuese el patio de atrás. Son estas escritoras las que, como actrices de reparto, miran oblicuamente hacia el espectador, cansadas probablemente de una historia sacralizante, todavía demasiado cercana de la épica independentista y triunfal (67).

Sin duda, a la narrativa y la crítica venezolanas les ha costado alejarse del abrumador tema de la nación, pero más les ha costado asimilar la relación entre literatura y sexualidad. Nuestra gran escritora lesbiana Teresa de la Parra (1889-1936) nunca ha sido reconocida como tal públicamente y todavía en Venezuela la crítica literaria es reticente al respecto. Tendrá que ser la crítica literaria de los departamentos de español y portugués en Estados Unidos –el caso de Sylvia Molloy, por ejemplo- la que relea su obra narrativa, sus cartas y su biografía desde una mirada que revela la presencia perturbadora de una sexualidad “otra”. La discreción respecto a Teresa de la Parra pone en evidencia “…cómo los prejuicios forjan los cánones literarios. La discriminación es un arma de doble filo, ya que el ´buen gusto´ a veces es máscara del pudor o de la cobardía, y puede llegar a funcionar como censor, marginando todo lo que el crítico prefiere que no se discuta, ni se mencione, ni se lea” (Balderston 27). Teresa de la Parra ha suscitado siempre respuestas críticas o simples pasiones absolutamente encontradas. Se le ha reconocido su sitial al lado de los más grandes escritores de Venezuela, pero se le ha acusado de apoyar la dictadura de Juan Vicente Gómez, quien gobernó el país veintisiete años hasta que murió en 1936; es vista como una feminista de avanzada pero ha sido cuestionada por su origen social oligárquico y por sus suspiros filo-hispánicos y premodernos; su belleza ha causado admiración e inquietud en iguales dosis, tanto como su soltería explicada con altisonancias de folletín decimonónico –simples chismes- al estilo de que no podía casarse pues se quedaría sin recibir una herencia (¿?). Teresa de la Parra encarnaba la modernidad en una dimensión que la provinciana y soñolienta Venezuela de aquel entonces apenas podía atisbar: los riesgos de la libertad estética, el individualismo vanguardista de no parecerse a nadie, la fulgurante intuición de que las ensoñaciones del progreso tenían mucho de formalidad y fruslería, la voluntad de vivir su vida a su estilo sin hombre que la protegiese. No deja de ser una ironía que los restos mortales de tan peculiar mujer –aristocrática al estilo de Oscar Wilde, homosexual como él- reposen en el Panteón Nacional junto con Simón Bolívar y otras figuras del duro y varonil procerato venezolano. En su época, marcada todavía por la figura del caudillo semental, autócrata y endiosado del siglo XIX, cuyo indudable paradigma fue Juan Vicente Gómez, comenzaba a soñarse otro país, encarnado esta vez en la figura del “ciudadano civilizador” que transformaría a la población, la naturaleza, la sociedad, la vida dentro de un ideario de orden, progreso y legalidad (Suárez 5). Teresa de la Parra no cabía en ninguno de estos mundos, que tenían claramente establecido el rol de la mujer como subsidiaria del rol masculino. Si fue aceptada y mimada lo fue por su belleza y su estilo femenino de acuerdo a las expectativas del momento. Pero más allá de su ansiedad por no ser calificada por su “sexualidad desviada”, Teresa de la Parra escribió líneas que si no fueron leídas en su ambigüedad lésbica es porque el heterosexismo es una cortina de gruesa tela negra; esas líneas son las dedicadas al trato entre sutil, adolescente y apasionado de Mercedes Galindo con María Eugenia Alonso, protagonista de Ifigenia, Diario de una señorita que escribió porque se fastidiaba (1924):

Cuando, al salir por fin de la penumbra me fui a saludarla, llevaba preparada mentalmente una frase muy expresiva, en la cual pensaba demostrarle mi exaltada admiración. Pero no bien me miró con sus ojos brillantes y curiosos de crítica finísima, y no bien aspiré yo el perfume sutil que como una flor exhalaba de su persona, cuando me sentí invadida por la parálisis absoluta de la timidez. Por lo tanto, después de haberme acogido y abrazado con esa naturalidad y soltura que son su principal atractivo, a mí, en correspondencia, sólo me fue dado el murmurar unas cuantas frases breves y corteses.

Durante el curso de la visita, Mercedes, con su admirable don de gentes, aparentando ocuparse poco de mí, se dirigió constantemente a Abuelita. Yo, entonces, libre de conversación, silenciosa e inmóvil, la observaba y observándola así, comprendí al punto, que más grande aún que su belleza, era su encanto, es decir, que llevaba a lo supremo de la perfección el arte de interpretarse a sí misma; porque mientras hablaba, la boca, las manos, los ojos, la cabeza, la voz, la sonrisa, todo, iba completando sutil y armoniosamente, con mil matices deliciosos, el sentido que expresaban las palabras (84).

Tendrían que pasar varias décadas para que otras narradoras, Dina Piera Di Donato y Ana Teresa Torres, retomaran el sendero abierto por esta “…erótica exclusivamente femenina, de complicidades, confidencias y cuidados…” (Palacios pág. 274) y se adentraran en ella sin las cortapisas que silenciaron a Teresa de la Parra. A partir de la década de los ochenta y especialmente la de los noventa del siglo pasado la crítica feminista venezolana plantea con todo vigor la necesidad de revisar el canon literario a la luz de las escritoras. Ya Venezuela ha entrado en una crisis profunda del modelo político democrático bipartidista y, como dije en el apartado anterior, muchas activistas de izquierda antes militantes de partidos políticos han tomado sus propios caminos a través de la academia –el Centro de Estudios de la Mujer de la Universidad Central de Venezuela, por ejemplo- o participan en organizaciones no gubernamentales. Los años sesenta con su carga libertaria en el sentido de las minorías sexuales habían hecho alguna mella en la provinciana y pacata clase media venezolana: un par de bares de lesbianas le daban discreta aparición pública a las “cachaperas” (7) de los sectores populares y a algunas de los sectores medios de Caracas, mientras otros hacían lo propio con las “high class”.

El silencio literario no terminó de romperse hasta 1991, año en que Dina Piera Di Donato (1959), radicada actualmente en los Estados Unidos, publica Noche con nieve y amantes. Esta cuentista y poeta le dio por primera vez rostro visible a la complejidad vital de la mujer lesbiana en la narrativa venezolana (Torres “Tradiciones…” 77). Realizó estudios de maestría y doctorado en la Universidad de París VIII, Francia y ha ganado varios premios de cuento y poesía. Su cuento “Bar Le Nuage”, perteneciente al libro mencionado, plantea la vida nocturna lésbica en Caracas en una clave profundamente excéntrica, teatral, pero sin ironía ni amargura. Narra el encuentro de una mujer joven con una mujer madura y aristocrática, una fotógrafa refinada hasta lo risueño y con un encanto presentado con cierto humor afectuoso:

La última pose fue la más dura. Me llevó hasta una mesa puesta. Había un desvalido monstruo horneado sobre una bandeja de plata. Un pollo de cinco patas o algo por el estilo. Sólo tenía que sentarme y mirar en lontananza. Llevaba un hermoso vestido incrustado de pedrería. Recogí las manos sobre el mantel pero no pude seguir las instrucciones porque me eché a llorar. Esta vez ella me dijo, con sus frases largamente sentidas, que me amaba y nos reímos mucho recordando la primera noche del Nuage, cuando con mi vergüenza por la histeria incontrolada y por el amor y por la lluvia me había ido corriendo y ella al seguirme se salvó del incendio criminal que estalló a la madrugada en el Nuage, un atentado a la embajadora, pero eso sería otra anécdota para otro libro, de Lou, seguramente (pág. 579).

Por supuesto, el lesbianismo ha ocupado su lugar en los relatos eróticos. La más importante de las novelas de este género que tocan el tema es La favorita del señor (2001), de la psicóloga, psicoanalista, ensayista y novelista Ana Teresa Torres (1945), por su calidad literaria indiscutible y su particular inserción en la obra de su autora, más bien inclinada hacia la historia venezolana y los conflictos de la mujer. Este relato –finalista del premio español La Sonrisa Vertical- es un desarrollo independiente de uno de los personajes de la novela Malena de cinco mundos (2000), texto en el que se sigue la vida de una mujer que ha reencarnado en diversas etapas históricas –antigua Roma, Florencia renacentista, la Venezuela de la colonia, el siglo XIX y el siglo XX. En La favorita del señor Aisa-Umm-al-Hakam, una mujer árabe con una impecable formación en artes amatorias, es llevada como esclava a la Europa de la Edad Media y sirve de maestra erótica a sus pocos diestros dueños. Veamos un ejemplo de su educación:

Quería tomar su pelo para tapar en él mi cara y oler su perfume de modo que se adhiriera a mi piel hasta que exhalara de mi propio interior. Y sentía un impulso irrefrenable, quería que Naryis obligara a mi cuerpo, aún más pequeño que el suyo, a arquearse boca abajo mientras ella se cimbreaba sobre mí como si se tratara de una animal de dos cabezas. Deseaba que Naryis hundiera su mano en mi vacío y todo mi cuerpo ardía en el solo pensamiento de que nadara en el pozo más profundo, mientras mi boca recibía a la suya y yo saboreaba su saliva como la más intensa bebida.

Y todo lo que deseaba ocurrió. Naryis extrajo de mí un gemido profundo y luego me sobrevino una ensoñación en la cual me encontraba viajando en otras esferas. No quería bajar de allí pues temía que ella, como en otras oportunidades, desapareciera de mi lado, pero en medio de mi respiración escuché la suya hablándome con palabras tan íntimas y tan hondas que me turbaban. Entonces me atrajo de nuevo junto a ella y enlazándose a mi cuerpo estuvimos conociéndonos hasta que guió mi mano a su interior y dejó que mis dedos lo recorrieran. Luego, llevada por el deseo de poder sentir que su piel y la mía eran la misma, profundicé mi lengua en ella, y después la abracé para sostener el llanto que su placer le provocaba (La favorita… pág. 28-29).

Dada la brevedad del inventario narrativo, me veo forzada a sumar al mismo mis cuentos “Dead can dance” y “Detrás del deseo” (en Pecados de la capital, 2005), sin hacer comentario alguno por razones obvias. Ahora bien, las poetas también se han adentrado en el tema del amor entre las mujeres en sus diversas dimensiones: inquietudes amorosas, deseo, soledad, pasión, silencio, pareja, marginalidad, goce, la búsqueda de un universo simbólico y erótico propio en una sociedad profundamente falocrática. Es el caso de la poeta, ensayista y exdirectora de la revista Quimera Ana Nuño (1957), radicada en Barcelona, España. Veamos los primeros y últimos versos de su “Sextina Lésbica” (del libro Sextinario, 1999), texto recogido en la antología de Pantin y Torres:

Tácticas, pero admitiendo el desorden.
Las palabras hechas a la medida
del rechazo, el cuerpo, todos sus cuerpos,
vestidos de día incluso de noche,
siempre dispuestas pero como al margen:
soberbias, desapercibidas, solas (619)

(…)

Orden, desorden reza la medida
de otros cuerpos. Los nuestros, en la noche,
son esta caricia: al margen, a solas (620).

Manon Kübler (1961) se ha dedicado al periodismo, al teatro y a los medios audiovisuales (Pantin, Torres 793). En su libro Olimpya (1992) se vale del poema en prosa para ubicar el amor lésbico en una atmósfera de extrañamiento, sin referencias espacio-temporales reconocibles en el presente. Es un amor asumido como intimidad absoluta, en los límites mismos de la vida pública y social:

la habitación gozaba del olor húmedo, apio, del mes de marzo. Ellas solían recogerse en un cómodo abrazo para colgar en redes la conversación. Se sabían extrañas, pasajeros ávidos equivocando el destino. Aquella coincidencia que las juntaba valía más que la misión que otra vez y para siempre las separaría. Hacían de la tarde un escenario indescriptible. (…) (pág. 696).

Verónica Jaffé (1957) es editora, docente e investigadora en la Escuela de Idiomas de la Universidad Central de Venezuela, con un doctorado en la Universidad de Munich, Alemania. Ha publicado crítica literaria, ensayo y poesía. Tanto en su libro El arte de la pérdida (1991), como en El largo viaje a casa (1994), aparece el tema del amor lésbico. El poema “Simple pregunta”, recogido en la antología Poesía en el espejo…, de Julio Miranda, pertenece al primero y, a diferencia de los textos citados de las otras poetas, su visión está más ligada al disfrute:

¿Sería tan absurdo insistir
y buscar
con los labios partidos
las piernas expuestas
dolor entrañable
en las vísceras tibias
de una noche paciente
convexa
cuando dos cuerpos se abran
voraces
serenos,
en el seno el sexo del otro,
buscar,
la encarnación
del placer absoluto? (236)

No es casualidad que estos textos no cuenten ni siquiera con veinte años de haber sido escritos y publicados. Sin duda la década de los ochenta diversificó las alternativas estéticas y los universos de la vida urbana y cotidiana centellearon en la literatura venezolana como nunca antes. Aunque la nación sigue siempre al acecho, las poetas y narradoras se han abierto a audacias impensables hace treinta o cuarenta años. Todas las marchas y contramarchas políticas, literarias, sociales y económicas del siglo XX han tenido su espacio en Venezuela y esa suerte de desconcierto académico e ideológico que tomó el vago nombre de debate modernidad-postmodernidad sacudió muchas certezas y abrió espacios como, por ejemplo, el extraordinario auge de la poesía y la narrativa escritas por mujeres. Sin duda, las narradoras y poetas mencionadas en este apartado forman parte de una elite ilustrada de alcance social minoritario; pero su aceptación dentro de la institución literaria venezolana y su formación intelectual y estética han permitido abrir una brecha dentro de la solidez de la lesbofobia venezolana que, sin duda, constituye un logro a reseñar.

Terminaré este panorama con una muy merecida mención a la página “web” Amazonas de Venezuela (http://www.amazonasdevenezuela.org), dirigida por las jóvenes Jany Campos y Denis Orellana. Sin duda, el sentido de la literatura de esta página “web” no obedece a los altos estándares de calidad estética, autonomía del campo literario y formación intelectual de las poetas y narradoras mencionadas, sino más bien a ese “derecho a narrar” del que habla Homi Bhabha como recurso frente a todas las exclusiones y totalitarismos políticos y sociales:

El gran atributo de la literatura consiste en dotar al lenguaje de la igualdad y de los derechos humanos del “derecho a la narrativa”: a contar historias que crean la red de la historia y que cambian la dirección en que ésta fluye. Pues la narrativa es a la vez discurso y acción, como lo afirmó Hannah Arendt en La Condición Humana, y es el medio a través del cual nos revelamos unos a otros. Cuando hablo de “derecho a narrar”, me refiero a todas esas formas de comportamiento creativo que nos permiten representar las vidas que llevamos, cuestionar las costumbres e ideales que nos llegan de la forma más natural y atrevernos a mantener las esperanzas y los temores más audaces sobre el futuro. El derecho a narrar puede habitar en una pincelada indecisa, entreverse en un gesto que fija un movimiento de danza o hacerse visible en un ángulo de cámara que paraliza el corazón (pág. 188).

Las mujeres que escriben para Amazonas… cuentos, poemas, breves historias de vida son bastante más numerosas que las pertenecientes a la institución literaria venezolana, y han visto la literatura como su modo de expresión preferente en una sociedad en que la lesbiana es invisible para otros discursos académicos y políticos. Apuestan a la posibilidad de la “auto-representación” en tanto una alternativa a su silenciamiento y cuestionamiento en el discurso de la psicología conservadora, la psiquiatría heterosexista, la jurisprudencia heteronormativa, los medios de comunicación. Su manera de ver el lesbianismo, una condición que las define frente a la sociedad, puede ser discutible en relación al necesario debate que han planteado autoras como Judit Butler -y, en general, la llamada teoría “queer”-, sobre los riesgos de una identidad lesbiana preestablecida. No obstante, se trata de un primer paso necesario en un país con un activismo muy débil. Las “páginas” virtuales de estas mujeres son necesarias como lo son las páginas de las escritoras de oficio, pues no cabe duda de que el lesbianismo venezolano es asunto de pocas páginas, pocas páginas que en el siglo que empieza a correr envían un mensaje de radicalidad estética y apertura democrática a una sociedad conservadora atravesada por el fantasma y la realidad de la violencia, por la hipocresía y el silencio, por un falso igualitarismo que desprecia la diferencia; pocas páginas que evidencian en su marginalidad y escasa resonancia las resquebrajaduras en el discurso de la inclusión ciudadana de los populismos de diverso pelaje; pocas páginas que sirven, finalmente, de testimonio de un modo de vivir al que la sociedad venezolana apenas ahora esta empezando a admitir como efectivamente existente.

El ensayo de Gisela Kozak Rovero fue publicado en el libro Sabanagay, Carlos Colina (ed). Caracas: ALFA, 2009.pp.113-134.


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(1) En Venezuela apenas hace pocos años se han empezado a discutir los derechos de las minorías sexuales. Como suele ocurrir en mi país, junto a los primeros balbuceos de organizaciones sociales en defensa de estos derechos han llegado también las propuestas políticas que los desestiman. Dada las carencias de Venezuela, su desastrosa relación con la noción misma de ley y de consenso social que trae como consecuencia la imposibilidad de un mínimo de reglas del juego, estimo la institucionalidad democrática como una verdadera conquista. Pensadores como Slavoj Žižek cuestionan el concepto mismo de derechos humanos y de institucionalidad democrática por considerarlos una farsa del capitalismo liberal triunfante (328), pero la experiencia histórica del siglo XX indica que sin esta “farsa” se instaura una verdadera cultura de la muerte como horizonte de la vida social: los fascismos de diverso pelaje, el comunismo, los fundamentalismos religiosos así lo indican. Me inclino entonces por posiciones como las de Hannah Arendt que revisa las paradojas inherentes al concepto de derechos humanos en el caso de los sectores excluidos de la sociedad, pero asume también la posibilidad de que estos sectores modifiquen su situación a través del poder como organización del colectivo y alternativa a la fuerza y a la violencia (223).

(2) Y es que ni la llegada de la democracia en 1958 logró calmar nuestro “sentimiento redentor y jacobino” (Hernández 31). El silencio literario y político de la lesbiana continuó imperturbable durante esta coyuntura en la que el riesgo romántico del guerrillero, natural descendiente del montonero venezolano del siglo XIX, convivió con el desarrollo institucional, económico y político de la conflictiva democracia venezolana. Estamos hablando de una Venezuela que recién salía en 1958 de una dictadura militar, se urbanizaba aceleradamente, masificaba la educación, recibía grandes oleadas de inmigrantes, poseía un extraordinario crecimiento económico y gozaba de una de las pocas democracias de la región, más allá de los indudables defectos del sistema. De hecho, nuestro movimiento guerrillero fue el único –si no me equivoco- que se levantó en los años sesenta contra un gobierno electo en comicios reconocidos como legítimos; otros movimientos se alzaron contra dictaduras militares. Este error ha sido ampliamente reconocido por los líderes guerrilleros de la época, entre ellos el fundador del partido el Movimiento al Socialismo y actual editor del diario Tal cual Teodoro Petkoff. Pero a pesar de este fracaso, la importante influencia intelectual de los izquierdistas de los sesenta en Venezuela hasta el día de hoy ha reforzado y remachado el conservadurismo propio de la sociedad venezolana en lo que se refiere a la orientación sexual: la heterosexualidad continúan siendo la inclinación correcta y única del ciudadano(na) modelo.

(3) Venezuela heroica (1881), de Eduardo Blanco -versión criolla de La Ilíada, de Homero-, Las lanzas coloradas (1931), de Arturo Uslar Pietri, Pobre negro (1937), de Rómulo Gallegos, País portátil (1968), de Adriano González León, Cuando quiero llorar no lloro (1970), de Miguel Otero Silva, Doña Inés contra el olvido (1992), de Ana Teresa Torres.

(4) Como dice el ensayista Miguel Ángel Campos: “La consecuencia más perdurable del igualitarismo no podía estar, obviamente, en el fortalecimiento de las relaciones comunitarias, ni en la sustentación del sentido de pueblo, ya que se trata de una actitud más que un valor, se origina en la reacción de unos grupos contra otros. Esa consecuencia pervive y crece en el debilitamiento del individualismo como conducta capaz de amparar elecciones tan variadas como la libertad, el arte, la soledad, el heroísmo, la disensión, todas ellas fuerzas antidemagógicas (…) (15).

(5) Los intelectuales y militantes de izquierda venezolanos de los sesenta eran inequívocamente homofóbicos y lesbofóbicos, pues el mundo socialista –Cuba, China, la Unión Soviética- lo era en grado sumo, tal como lo demuestran sus políticas oficiales, políticas que nos calificaban como una suerte de desechos de la sociedad burguesa, criaturas a las que habría que corregir o eliminar sin molestábamos demasiado. Y si bien la izquierda en otras latitudes, a partir del fracaso de los sesenta y de la caída del mundo socialista, se recicló en los nuevos movimientos sociales e incluyó a las lesbianas y los homosexuales entre sus demandas, la izquierda venezolana ha sido profundamente conservadora con respecto al tema.

(6) De hecho el activista Osvaldo Reyes apoyó públicamente a Hugo Chávez por su proposición de la Asamblea Constituyente, apoyo que no fue reconocido: Reyes se lanzó como representante a la Asamblea, pero el auge del chavismo y la abstención opositora le entregaron la Asamblea Constituyente a los partidarios del gobierno.

(7) Es el equivalente venezolano de “tortillera”.


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